Month: November 2017

Hay una gran cantidad de padres en nuestro país que el trabajo se convierte en toda su vida, sobre todo cuando los hijos dejan de estudiar y comienzan a mantenerse por su cuenta, pero al estar acostumbrados a sacar adelante tantos gastos no logran bajarle a las horas laborales, más aquellos que tienen negocios propios. Entiendo que lo hagan al inicio, mientras los nuevos profesionistas del hogar se acoplan a su nuevo modo de vida y a administrar sus ingresos, de los cuales una parte debería estar destinada para los cuidados y necesidades de la casa.

Este es el caso de mis viejos. Mi padre trabajo de lunes a domingo en su negocio y mi madre es niñera cuatro días a la semana, pero a eso hay que añadirle que ella es la que se encarga del cuidado del hogar, un trabajo muy pesado y, en ocasiones, tan mal pagado por nosotros. Por eso en cuanto recibí mi primera caja de ahorros, decidí que era hora de que ellos se olvidaran por una semana de todo y se fueran de viaje a alguna playa, pero se negaron. ¡¿Qué?! No querían ir solos, querían que fuéramos también mi hermana y yo. Para conseguirlo había que reducir gastos, pero no iba a privarlos de una salida. Hice cuentas y resolví que en lugar de una semana sería un fin de semana nada más, después encendí la computadora y después de una búsqueda encontré una página cuando escribí en Google ‘vuelos Volaris’, la cual me mostró precios muy accesibles en esta aerolínea, y adquirí los cuatro pasajes.

Si bien tuve que economizar para que pudiéramos disfruta en grande y sin privarnos de nada cuando estuviéramos allá, la alegría de mis papás al saber que la familia completa se iría a las paradisíacas playas de Cancún, los llenó de alegría, desde ese instante se olvidaron del trabajo.

Llegamos a Cancún y ambos no dejaban de enseñar los dientes debido a una gran sonrisa que se dibujó en sus rostros. Admiraban el mar en su máximo esplendor, sudaban por el cálido sol que nos daba la bienvenida y así iniciaron unas extraordinarias vacaciones. Aunque yo hubiera preferido que fueran ellos quienes estuvieran solos en plan romántico y por una semana, pero supongo que la mentalidad de los padres es siempre estar acompañados de sus pichones.

Si tienes papás a los que el trabajo los está devorando, puedes tomar la iniciativa y más si es producto de tu empleo, que bien lo tienes gracias al esfuerzo que ellos hicieron para darte todos tus estudios hasta culminarlos con una carrera. Sabes todo lo que tuvieron que hacer para estar en la preparatoria o la universidad que tanto querías. Se tronaban los dedos para pagar tus colegiaturas. Así que es hora de que tú hagas algo por ellos para devolverles un poco de los mucho que te han dado a lo largo de tu vida. No escatimes en gastos, bueno, tampoco te excedas, pero un lujito de vez en cuándo es un gran regalos para esos seres queridos que siempre han estado a tu lado.

Para mucha gente subirse a un avión significa estar en el mismísimo infierno, pues le temen a las alturas, o tienen miedo a que la aeronave sufra algún accidente y mueran, entre muchas otras razones, por lo que se ponen tensas en el mejor de los casos y en el peor, sufren crisis incontrolables. Por eso su primera opción siempre será viajar en automóvil, tren o cualquier transporte que vaya por tierra. Sin embargo, si deben cruzar el océano, la mejor opción es el avión, por eso te voy a dar algunos consejos para que ayudes a este tipo de personas, que como yo, sufren de pánico a la hora de estar en un avión.

Lo siguiente que te voy a contar son cosas que hacían las personas que me acompañaban en mi viaje, pues yo no tenía la capacidad para controlarme por mí mismo, así que necesitaba de ayuda para calmar mis nervios. He viajado unas cinco veces en avión en distintas etapas de mi vida, para mí es un castigo de mis padres, pero según ellos es para que supere mi miedo. Realicé dos viajes cuando era pequeño, en el primero me tuvieron que dar unas pastillas para dormir, pero en el segundo implementaron una nueva técnica. En cuanto abordamos el avión y durante el despeje, mis padres me colocaron audífonos y un visor para dormir. Yo sólo escuchaba música clásica y lo único que veía era negro. Para mi sorpresa, logré tranquilizarme y sólo apretaba los puños cuando había turbulencias fuertes.

Pero crecí, y en la adolescencia seguía poniendo más nervioso y la música ya no me calmaba, así que mis padres optaron por comprarme videojuegos portátiles y los jugaba por todo el tiempo que duraba el vuelo, pero de igual forma esto no me tranquilizó por toda mi vida. Los últimos vuelos, los cuales se dieron cuando tenía 20 y 25 años. En el penútlimo sufrí una pequeña crisis debido a que el avión sufrió turbulencias de alto calibre, comencé a llorar y a temblar, por lo que mis amigos, que era con quienes viajaba, se asustaron, pero uno de ellos me abrazó con tal fuerza que no sentía ya las turbulencias, comenzó a contar chistes cuando notó que dejaba de temblar poco a poco y sin darme cuenta me empecé a reír, y así siguió por el resto del trayecto, platicando y platicando para que mi mente no se fijara en lo que estaba sucediendo.

Ya en el último viaje traté de ser yo quien pusiera en práctica lo aprendido, incluso fui yo el que buscó ‘vuelos Interjet’ en Google para encontrar algún paquete vacacional e irme con mi familia, así que llevé música que me relajaba en mi celular, la cual iba a escuchar cuando nos permitieran volver a encender los celulares, incluso descargué un par de capítulos de mi serie favorita en Netflix. A la hora de despegar, lo que hacía era evitar la ventana y voltearme a platicar con alguno de mis acompañantes, de cosas que de preferencia me hicieran reír, así que hacía algunas imitaciones que me gustaban y podía iniciar el despegue sin pensar en mi miedo a volar.

Escribir ha sido mi pasión desde que tengo memoria. Un cuaderno y una pluma fueron mis mejores amigos, nos llevábamos tan bien que nos ganamos elogios de profesoras y directores que se sorprendían con el poder de mis palabras teniendo menos de 10 años. Mis padres no lo notaban, sólo hinchaban el pecho y mostraban las plumas como pavorreales ante los aplausos que mis trabajos producían. Nunca solté la pluma, ni habiendo máquinas de escribir ni cuando llegaron las computadoras, pues como el balón con Oliver Atom, era mi mejor amiga. Siempre supe lo que quería hacer: escribir. Desconocía si podía vivir de ello, si podría ganar suficiente dinero para mantener a una familia que aún no sabía si iba a tener, pero tenía que arriesgarme.

Hoy los resultados son más que tangibles. Tomé un vuelo de Interjet rumbo a Bruselas, Bélgica, para recibir un premio por mi último libro. No me interesa la fama, se los cuento porque este galardón lo recibiré de manos de Carlos Ruíz Zafón, un escritor español que con sus libros de El Cementerio de los Libros Olvidados me inspiró para seguir picando piedra por aquí y por allá, con mi pico que eran las letras. La emoción circula por mis venas a gran velocidad, pero no dejo que mis expresiones me delaten, debo estar sereno.

Pero la travesía no ha sido fácil, sobre todo al inicio, que es cuando tienes que tocar puertas y recibir miradas que te recorren de pies a cabeza, te inspeccionas para ver si tienes pinta de creativo, después lo hacen con tus escritos, los cuales nunca serán de su agrado o “pueden mejorar”, según dicen los “expertos”. Pero cuando encuentras aquel portal que se abre de par en par y te da tu primera oportunidad, entra y no salgas hasta que sea necesario pasar al siguiente nivel. Así lo hice en una empresa de publicidad, donde me encargaba de hacer las frases, ahora conocidos como ‘copys’ de los anuncios impresos, sea para revistas, periódicos o espectaculares; y hacía guiones para comerciales de radio y televisión.

Las alas ya eran los suficientemente grandes para estar en esa empresa, que me ofreció las perlas de la Virgen para quedarme, pero un sueño no lo compra ni todo el oro del mundo, y ¿cómo iba yo a vender algo que aún no he conseguido? Me convertí en columnista de uno de los periódicos de la ciudad, esto me permitió ganar dinero y enfocarme en escribir mi primera novela. Pasaron dos años y siempre le encontraba algún error, por lo que corregía y corregía, pero tarde me di cuenta que era el miedo a publicar, a exponerme, lo que me retrasaba. Sin pensarlo dos veces lo envié a una editorial que me había ofrecido trabajo como corrector, estuvo un par de meses hasta que los cambié por la publicidad, pero hicimos buenas migas. Ellos aceptaron publicarme y de paso tuvieron entre sus vitrinas su primer best seller.

De ahí, el futuro fue brillando más y más, con las letras como estrella gigante que alumbra mi camino. Ahora estoy por conocer a mi novelista favorito y será un honor estrechar su mano con la mía, que nunca ha soltado la pluma y siempre escribe como la vieja escuela, en un papel, donde las mejores ideas nacen.

Cuando escuchas Fernandito quizá pienses en un niño regordete al que te gustaría pellizcarle las mejillas, pero no, voy a eliminar esa imagen de tu pensamiento. Mi amigo Fernando es un hombre de 25 años, con un corazón tan grande que le ha servido para aguantar un sinfín de caídas en su vida amorosa. Es como si una nube negra estuviera siempre sobre él alejándole a las mujeres o acercándolas sólo para que los manden derechito y sin escalas a la friendzone, de donde nunca ha logrado salir. Tiene tanta mala suerte en el amor que a veces siento pena por él, incluso le he dicho que ya no lo busque, que ya no se lastime, si hay alguien en esta vida para él, pues que la deje llegar en su momento.

Mi mejor amigo se ganó el sobrenombre de Fernandito pues es como la mayoría de las chicas que conoce lo llaman, ya que es muy lindo y todas los quieren como su amigo y nada más. Siempre pasa. Para tratar de sacarlo de su zona de confort, hace unos cinco años, cuando ambos teníamos 20, compramos dos boletos en unos vuelos baratos y nos fuimos rumbo a Cancún, donde sin lugar a dudas conseguiría a una mujer, extranjera o compatriota, pero estaba seguro que anotaría un home run. Pero la vida le tenía preparada una sorpresa mayúscula. Le daría un ‘don’ que muchos quisieran robarle.

Mi predicción estuvo muy lejos de ser acertada. En lugar de ir a cazar gringas, canadienses, francesas o lo que fuera, se enamoró de una joven de nuestra querida Ciudad de México que iba de vacaciones y se la pasaron juntos todo el fin de semana. Me decía que ella era la mujer de su vida, que lo sentía. No quise romperle el corazón de que al terminar las vacaciones toda esa nube de hormonas se desvanecería y no quedaría nada. Así que no dije nada. En nuestra última noche en Cancún sucedió la tragedia. Fernando y su conquista estaban bebiendo solos en la alberca completamente vacía y éste sufrió una caída en la se golpeó la cabeza y quedó inconsciente dentro del agua, ahogándose. La chica con la que estaba tardó en darse cuenta pues había ido al baño y a conseguir más bebidas. Cuando la ayuda llegó ya era demasiado tarde, el daño ya estaba hecho, aunque lograron salvarle la vida.

Fernandito sufrió graves lesiones en el cerebro que le detectaron después de que salió del coma, su memoria estaba deteriorada, a veces olvidaba lo que hacía o a personas que ya conocía, pero lo peor fue que su cerebro ya no reconocía las emociones. No recuerdo el nombre de esta enfermedad, pero era incapaz de sentir felicidad, tristeza, empatía, soledad, etc. Para muchas sería un sueño jamás sufrir y todos querían tener esos ‘súper poderes’, pero imagínense alguien que su mayor objetivo en la vida era enamorarse, vivir un amor real. Ya no podrá hacerlo, nunca sabe si está enamorado o no, siempre es serio. Reconoce a una mujer guapa, pero su corazón ya no se acelera y su cerebro ya no le hace pensar que es la chica de sus sueños. ¿Y tú, quieres ser como Fernandito?