Las palabras me llevan a volar alto

Escribir ha sido mi pasión desde que tengo memoria. Un cuaderno y una pluma fueron mis mejores amigos, nos llevábamos tan bien que nos ganamos elogios de profesoras y directores que se sorprendían con el poder de mis palabras teniendo menos de 10 años. Mis padres no lo notaban, sólo hinchaban el pecho y mostraban las plumas como pavorreales ante los aplausos que mis trabajos producían. Nunca solté la pluma, ni habiendo máquinas de escribir ni cuando llegaron las computadoras, pues como el balón con Oliver Atom, era mi mejor amiga. Siempre supe lo que quería hacer: escribir. Desconocía si podía vivir de ello, si podría ganar suficiente dinero para mantener a una familia que aún no sabía si iba a tener, pero tenía que arriesgarme.

Hoy los resultados son más que tangibles. Tomé un vuelo de Interjet rumbo a Bruselas, Bélgica, para recibir un premio por mi último libro. No me interesa la fama, se los cuento porque este galardón lo recibiré de manos de Carlos Ruíz Zafón, un escritor español que con sus libros de El Cementerio de los Libros Olvidados me inspiró para seguir picando piedra por aquí y por allá, con mi pico que eran las letras. La emoción circula por mis venas a gran velocidad, pero no dejo que mis expresiones me delaten, debo estar sereno.

Pero la travesía no ha sido fácil, sobre todo al inicio, que es cuando tienes que tocar puertas y recibir miradas que te recorren de pies a cabeza, te inspeccionas para ver si tienes pinta de creativo, después lo hacen con tus escritos, los cuales nunca serán de su agrado o “pueden mejorar”, según dicen los “expertos”. Pero cuando encuentras aquel portal que se abre de par en par y te da tu primera oportunidad, entra y no salgas hasta que sea necesario pasar al siguiente nivel. Así lo hice en una empresa de publicidad, donde me encargaba de hacer las frases, ahora conocidos como ‘copys’ de los anuncios impresos, sea para revistas, periódicos o espectaculares; y hacía guiones para comerciales de radio y televisión.

Las alas ya eran los suficientemente grandes para estar en esa empresa, que me ofreció las perlas de la Virgen para quedarme, pero un sueño no lo compra ni todo el oro del mundo, y ¿cómo iba yo a vender algo que aún no he conseguido? Me convertí en columnista de uno de los periódicos de la ciudad, esto me permitió ganar dinero y enfocarme en escribir mi primera novela. Pasaron dos años y siempre le encontraba algún error, por lo que corregía y corregía, pero tarde me di cuenta que era el miedo a publicar, a exponerme, lo que me retrasaba. Sin pensarlo dos veces lo envié a una editorial que me había ofrecido trabajo como corrector, estuvo un par de meses hasta que los cambié por la publicidad, pero hicimos buenas migas. Ellos aceptaron publicarme y de paso tuvieron entre sus vitrinas su primer best seller.

De ahí, el futuro fue brillando más y más, con las letras como estrella gigante que alumbra mi camino. Ahora estoy por conocer a mi novelista favorito y será un honor estrechar su mano con la mía, que nunca ha soltado la pluma y siempre escribe como la vieja escuela, en un papel, donde las mejores ideas nacen.